Los niños, las niñas y los adolescentes, no son personas. Son seres bobos, caprichosos e inmaduros. No son de fiar. Cuando dicen que les insultan, les pegan o les excluyen, están mintiendo. Son cosas de niños o de niñas.

Yo NO te creo (Acoso escolar y revictimización)

Da igual si les cambia el humor, les duele la tripa o se autolesionan por estrés y ansiedad -serán cosas de la edad-. Da lo mismo si llegan del colegio o instituto con un arañazo o un moratón -estarían jugando o haciendo el salvaje-. No tiene importancia si les desaparecen cosas continuamente: ropa, material escolar, el bocadillo o el teléfono móvil -se despistan demasiado-. Si de manera repentina disminuye su rendimiento escolar y suspenden o pierden el interés por los estudios, es que tienen muchas distracciones o malas compañías. Y si les excluyen, es que no se integran, son raros o adolecen de misantropía congénita. O sea, es su culpa.​

Sus padres, sus madres o las personas que ejerzan la patria potestad, se alarman al percibir que algo está ocurriendo. ¿Qué le ocurre a mi hijo que se encierra en su cuarto y llega cabizbajo del colegio? ¿Qué le ocurre a mi hija que está demacrada, ojerosa y con los nervios a flor de piel? Ocurre que ya tienen una profunda herida emocional y psicológica. Una herida que puede tener fatales consecuencias en el corto, medio y largo plazo.

En nuestra sociedad, se asume como un mantra incuestionable el “Yo sí te creo” en materia de violencia de género. Pero, sin embargo, cuando hablamos de acoso escolar, el “Yo no te creo”, es lo habitual. Suena duro, pero es así y hay que denunciarlo. Hay que decirle a la sociedad que estamos, por omisión de ayuda, colaborando en el sufrimiento de muchos niños, niñas y adolescentes, cuyas familias se ven, la mayoría de las veces, indefensas ante esta violencia institucionalizada.

Es lamentable, cobarde y autocomplaciente, que la incidencia del acoso escolar se cuantifique desde los organismos públicos como algo residual, no superior al 1% de la población escolar. Según los últimos estudios de incidencia del acoso escolar realizados desde organismos extraoficiales -como ONG’s, fundaciones o asociaciones especializadas-, la incidencia oscila entre un 9% y un 24%. Escogiendo el estudio más optimista, el del 9% de Save The Children, estamos hablando de 500.000 menores que sufren acoso escolar en España. Sí, han leído bien, medio millón de personas. Personas pequeñas, pero personas.

Hay acontecimientos, seres humanos o ambas cosas, que ejercen de catalizadores de cambios sociales. Hoy día podríamos percibir a Martin Luther King como una persona esencial y necesaria en la lucha contra el racismo en los Estados Unidos. O el asesinato de Ana Orantes en España, quemada viva por su marido tras aparecer en la televisión denunciando su maltrato por parte de este, que originó la modificación del código penal y la consideración de la violencia de género como un problema mayor, que necesitaba de una legislación específica, ratificada en la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género.

Pero con el acoso escolar no ocurre lo mismo. Se producen suicidios y sucesos execrables que no provocan un cambio de paradigma. Se sigue considerando al acoso escolar como un problema menor, cuando es un problema de derechos humanos. Estamos hablando de algo muy grave y peligroso: la normalización y rentabilidad de la violencia. Luego nos extrañamos de que un grupo de adolescentes le peguen una paliza a otro y le causen la muerte.

Pero es que la naturaleza del acoso escolar tiene muchas veces tintes xenófobos, homófobos, de género o de no respeto a la diversidad funcional. Quien ejerce maltrato escolar y le es rentable, lo seguirá ejerciendo en su vida de adulto: en la empresa o en su hogar hacia su cónyuge. A ver si nos enteramos de que de esos barros vienen estos lodos.

Pero lo más importante son las víctimas, que no son culpables de nada, muchas veces maltratadas simplemente por existir. Ya no hablamos solo del riesgo de suicidio, sino de heridas emocionales profundas que desembocan en estrés postraumático y que muchas veces arrastrarán el resto de sus vidas, como un preso del medievo arrastraba sus cadenas.

Desde AEPAE consideramos necesario y urgente hacer pedagogía sobre el acoso escolar. Haber tratado a más de 4.000 víctimas y ver su sufrimiento y el de sus familias nos hace estar sensibilizados y absolutamente comprometidos con el maltrato escolar.

Ya que hemos desarrollado un paralelismo con la violencia de género, y salvando las distancias, hay que destacar que comparten la indefensión aprendida: el sufrir de manera reiterada maltrato, lo acaba normalizando y lleva a la persona a una profunda desvalorización vital. Las víctimas acaban siendo destruidas psicológicamente.

El desarrollo de ambos maltratos es diferente: cíclico en la violencia de género y lineal en el acoso escolar. La acumulación de tensión, la explosión/agresión, la luna de miel y vuelta a empezar en la violencia de género. Las agresiones verbales, psicológicas y físicas en un proceso sumatorio, en el acoso escolar. Ambos procesos son incrementales y en ambos se produce una revictimización: el convencimiento de que la víctima es merecedora de ese castigo.

La diferencia sustancial viene reflejada en su afrontamiento por parte de la sociedad y por las instituciones. En el acoso escolar no basta con la denuncia. Los protocolos son lentos, burocráticos y confidenciales para las familias de las víctimas. No se abren casi nunca y solo bajo la insistencia hercúlea de la progenitora o del progenitor. El colegio es juez y parte del proceso, y en muchas ocasiones omite pruebas documentales: cronologías de los hechos, partes de lesiones, informes periciales de psicología o psiquiatría, pantallazos y fotos de redes sociales. En la gran mayoría de los casos, la única solución que encuentran las víctimas es cambiarse de colegio. Y no solo eso: tienen que buscarse, además, atención psicológica pagándola de su propio bolsillo, si la hay cerca y si pueden permitírselo.

No basta con hacer prevención, sino que esta sea eficiente, y desde primero de primaria porque los niños pequeños también acosan. Hay que intervenir con celeridad con las víctimas para evitar que se incremente el daño y que este pueda ser irreparable. Hay que reeducar a los acosadores. Hay que medir la incidencia del acoso con una herramienta psicométrica precisa -no basta con un sociograma-. Y hay que articular que la intervención sea externa, ya que lo que prima es el bienestar y la seguridad del menor y no del centro escolar.

Para ello y para que pueda cambiarse el paradigma, es necesario un plan integral, como el Plan Nacional para la Prevención de Acoso Escolar, que desarrolla AEPAE y que ya ha implantado en 50 colegios a 20.000 escolares, habiendo reducido la incidencia general en un 50%, y en un 95% en las víctimas severas. Mientras esto no ocurra, seguiremos como estamos: lamentando los sucesos de maltrato escolar que aparecen en los medios de comunicación -graves o ya irremediables-.

Para terminar, quiero compartir con ustedes, la frase de una niña de 13 años, víctima severa de acoso escolar que nos dijo: “ya no es tanto que me maltraten todos los días, sino el ver que a nadie le importa”. Yo SÍ te creo.

Enrique Pérez-Carrillo de la Cueva
Presidente de AEPAE

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