Desde que se decretara el estado de alarma y nuestra forma de vida cambiara y pasase a circunscribirse a las cuatro paredes que conforman nuestros hogares, sólo ha habido un tema que ha ocupado nuestra atención más allá del COVID-19 y su impacto en la salud física de nuestros habitantes y la salud económica de nuestro país, el cambio en la forma de relacionarnos en ausencia del contacto y la cercanía física.

AEPAE

En este sentido, decir que se han vertido ríos de tinta sobre las bondades de las nuevas tecnologías para acercarnos al centro educativo y poder seguir las clases, para acercarnos a nuestros seres queridos ya fuera unos pocos metros o unos cientos de kilómetros, incluso para posibilitarnos un ocio en un tiempo que es imposible desarrollar en la calle. Parece que se ha pasado de demonizar a las nuevas tecnologías, como muchos hacían antes, a endiosarlas.

Pero más allá de pensar en si aquellas son buenas o malas, que en términos absolutos no son ni una cosa ni la otra sino que dependerá del uso que se haga de ellas, debemos reflexionar precisamente sobre el mal uso que hacen algunos niños de estas herramientas (y el impacto que ello tiene en algunos de sus iguales) ahora que pasan muchas más horas detrás de las pantallas de sus dispositivos electrónicos. Y para ello me pregunto las siguientes cuestiones:

  • ¿Qué ha sido de los niños que sufrían acoso escolar en el colegio?, ¿cómo se encuentran?
  • ¿Qué pasará cuando estos niños tengan que volver presencialmente al colegio, con independencia de cuándo y cómo se retorne?

Si bien hemos hablado de las nuevas tecnologías como nuestro único canal para interactuar con los demás, me da miedo pensar en el sufrimiento de los niños que habiendo sido acosados anteriormente en el centro educativo vieron aliviada su situación de manera temporal por tener que estar confinados en casa.  ¿Y si esos niños ahora, en confinamiento, están empezando a sufrir un acoso 24/7 (24 horas y 7 días de la semana) a través de las nuevas tecnologías? O lo que es peor, ¿y si los preadolescentes o adolescentes que ya habían sido acosados de manera cibernética ven ahora acrecentado el problema por tener unos acosadores que ahora tienen más tiempo para dedicarse a linchar públicamente en las redes sociales a sus iguales? Y aquellos niños o niñas a los cuales en la época pre-coronavirus se les aisló socialmente, ¿cómo se encontrarán ahora que además están aislados en casa?

Todas estas preguntas debemos hacérnoslas ahora que estamos entrando en la desescalada del confinamiento y dentro de pocas semanas entraremos en la fase de “recuperación o restauración”. Es por ello que dado que todos estamos preocupados por el impacto del COVID-19 en la educación de nuestros hijos, no debemos olvidar que hay algo más importante que debe procurar la escuela además de dotar de unos conocimientos, y esto es el reforzamiento de unos valores éticos y morales de convivencia, que sí, que deben venir de casa, por eso precisamente hablo de reforzamiento y no de adquisición de los mismos.

Todas estas preocupaciones, como medias post-confinamiento y de prevención del acoso son las que hacen que AEPAE (Asociación  Española de Prevención del Acoso Escolar), un año más, y precisamente este año con más ahínco, decida (aun desoyendo voces críticas) poner en marcha su III Campamento de Verano para víctimas severas de acoso escolar, puesto que los niños que lo necesitan, ahora lo necesitan más que nunca.

Miguel del Nogal. Psicólogo y responsable del área de psicoasertividad de AEPAE

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