Enrique Pérez-Carrillo es maestro cinturón 9º Dan de Yawara-Jitsu (arte marcial del que su padre fue pionero) y presidente de la Asociación Española para la Prevención del Acoso Escolar (AEPAE).
Nos cuenta cuáles son sus ‘armas’.

AEPAE - Combate al bullying - Man on the Moon

Enrique sabe bien lo que es sufrir acoso escolar. De pequeño a él también le intentaron “oscurecer el corazón” –como le gusta definir la situación que viven tantos menores–, aunque no lo consiguieron. Tuvo la suerte de recibir las herramientas necesarias para no permitirlo: su padre le enseñó artes marciales, que le proporcionaron fuerza física y mental, y su madre le inculcó lo opuesto, la compasión. Por eso lucha desde la AEPAE para buscar soluciones a este grave problema y publicará próximamente el libro El acoso escolar mata – Coaching infantil y prevención del acoso escolar.

M: ¿Hay más bullyng que antes o es que ahora se percibe más?
EP: Siempre ha existido, pero en los últimos años han pasado dos cosas importantes. Una es el acceso de los menores a contenidos violentos, lo que provoca que se banalice la violencia y se considere rentable, es decir, útil para sacar un beneficio. Y la otra es la pérdida de autoridad de los padres y profesores. Hay una falta muy grande de valores y lo que ve un niño en casa es lo que traspasa al colegio.

M: ¿Cómo es posible que exista ese odio en niños tan pequeños?
EP: Un proceso de acoso escolar es fácil de entender, empieza cuando a un menor se le pone en el foco: porque es singular, porque ocurre un suceso crítico (que se caiga, que haga el ridículo…) o por cualquier otro motivo. Ahí comienza un proceso de burla que si no se para, sino que se normaliza y se hace sistemático, se convierte en maltrato. Y si con ello se obtiene un beneficio, como ganar importancia en el grupo o conseguir la merienda del otro, se produce un estímulo- respuesta, y se va a repetir si no se pone remedio. Por tanto se produce por dos causas, la singularidad y la oportunidad.

M: ¿Qué perfil tienen las víctimas?
EP: Los niños a los que acosan muchas veces son los mejores, los más sensibles, empáticos o inteligentes, los que pueden cambiar las cosas pero no se lo permiten, porque les consideran una amenaza para el resto del grupo que no quiere que nadie salga de esa mediocridad.

M: ¿Es el acosador también una víctima de su entorno?
EP: Por supuesto. Pero eso no quiere decir que no se le sancione y que no se le reeduque. Hay niños que su entorno familiar no es malo, pero es cierto que otros ven que el maltrato en casa es lo normal. Y entre un 10 y un 15% de los que han sido víctimas pasan al otro lado, a ser maltratadores.

M: ¿Qué ‘armas’ utiliza la AEPAE?
EP: Comenzamos trabajando con las víctimas transversalmente en tres áreas: la autodefensa (estar preparado para defenderte si hace falta te da un plus de confianza), el teatro corporal (que permite gestionar y expresar las emociones) y la psico-asertividad (que da peso y soporte metodológico). Con estas tres herramientas se empodera a los niños y niñas. Después nos empezaron a demandar muchas otras cosas, como formación para padres e intervenciones para profesores. A partir de ahí hicimos el Plan Nacional para la Prevención del Acoso Escolar, que es integral, trabaja con todos:acosadores, acosados, familias y centros educativos. No hay ningún plan como el nuestro en todo el mundo.

M: ¿Qué más se puede hacer?
EP: Estamos intentando que el acoso escolar no se contemple como algo menor que se circunscribe al entorno educativo, sino como un problema de Derechos Humanos, porque implica xenofobia, homofobia, maltrato de género, no respeto a la diversidad… Además, estamos trabajando con el juez de menores Emilio Calatayud para realizar un protocolo hacia los acosadores. Hoy en día, hasta los 14 años no son imputables, por lo que muchas veces sus actos no tienen consecuencias. Por eso hay que ajustar las sanciones a la edad, y a si reinciden o no, para que esas medidas reeduquen y enseñen que la violencia no se permite, que esa jamás es la solución.

 Entrevista realizada para
«Man on the Moon»
por Pablo Ortega
y foto de Jaime Partearroyo

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