Cuando Martín se subió al barco no había sitio para él. No encajaba en el estereotipo de los niños y las niñas de su grupo. Tuvo que embarcar de polizón. Furtivo y asustado sabía que, de relacionarse con el pasaje, volverían a hacerle daño.

AEPAE

Sufriría maltrato como de costumbre. Normalizado por una sociedad en la que la violencia es, muchas veces –demasiadas-, vehículo de integración social. Una sociedad en la que ser diferente, diverso o sencillamente no dejarse arrastrar por las olas, te convierte en un proscrito. Sé ordinario, insulta, pega y excluye y serás de los nuestros. O de las nuestras, que el acoso escolar no entiende de géneros.

A Martín no le gustaba el fútbol. Era noble y amable, para algunos afeminado, como si ser sensible fuese cosa de chicas y no de personas, aunque sean pequeñas. Como si preferir un abrazo a un empujón, o disfrutar con la poesía de Neruda, fuese un delito de lesa humanidad. Como si emocionarse con el dolor ajeno y tender la mano, en vez de subirse al carro de los maltratadores para ser de la chupipandi, fuese algo que no mola.

Martín ya intuía, a sus 11 años, que todas las personas son únicas y especiales, pero es que a él se le notaba mucho. Y claro, ya se sabe, si destacas estás en el foco de los mediocres, que no permiten que nadie sobresalga. Te consideran una amenaza: alguien sospechoso al que hay que eliminar.

Martín tenía amigos y amigas imaginarios, que le escuchaban y entendían.  Que le daban amor del bueno, ese que no entiende de razas ni de géneros, que no entiende de edades ni de culturas. Y tampoco de extracción social: qué importa la ropa de marca si en el fondo no es más que un disfraz, solía decir. Pero Martín sí entendía de empatía y de compasión. Entendía el amor que trasciende, une y nunca separa. Ese que no se estanca en el egoísmo o en la envidia. Así era Martín.

Viajar de polizón tiene sus inconvenientes. Hace un frío que te hiela el corazón. A veces flaqueas a pesar de ser valiente: dudas si tirarte por la borda y acabar con ese dolor, o aguantar para no hacer sufrir a tus seres queridos. Como les voy a hacer eso a Papá y a Mamá, pero es que ya no puedo más. Necesito que alguien me tienda la mano, que si no me tiro, ¿pero por qué nadie se da cuenta?.

Pero ¿y si cambio? ¿Y si dejo de ser como soy? Así dejarán de molestarme. Seré uno más del grupo. Miraré para otro lado cuando maltraten a alguien y le reiré las gracias al chulito de turno. A lo mejor eso del amor y la compasión es un rollo. Y ya dudo de si la poesía es una pérdida de tiempo. Algo de mariquitas que dice mi amigo Pedro. Y es que hay que endurecerse. Si me pegan yo lo haré más fuerte. O mejor aún, pegaré primero. ¿Habéis visto que rara es la niña nueva? Lleva gafas de culo de vaso y tiene los dientes de conejo.

Anoche soñé que iba en un barco de polizón. Soñé que había una tempestad y que el barco se hundía.

Enrique Pérez-Carrillo de la Cueva
Presidente de AEPAE

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